sábado, 22 de agosto de 2009

SOBRE EL TIEMPO Y EL TIEMPO DE TRABAJO - CAPÍTULO 5


La teoría del Big-Bang (1).

El inicio del tiempo.

por Bruno Pedro De Alto


El inicio.

La validez de la teoría del Big Bang lleva a una afirmación fantástica: la gran explosión no tuvo lugar dentro del espacio existente, sino que lo creó mientras se expandía. Y especialmente en lo que a nosotros nos interesa: en ese instante se habría iniciado el tiempo.

En 1920, el astrónomo americano Edwin Hubble descubrió que las galaxias se estaban alejando entre si y que las más distantes eran las que se apartaban más deprisa, como si el universo entero estuviera en expansión.

La conclusión que sugería este descubrimiento era que: si las galaxias estuvieron en otro tiempo más próximas unas a otras, todo el cosmos debía haber sido creado por una gigantesca explosión. En efecto, la idea original del Big Bang la desarrolló entre 1927 y 1933 Georges Henri Lemaître, un sacerdote belga dedicado a la astronomía. Sin embargo, no fue hasta 1964 cuando la teoría emergió como la explicación dominante de cómo el universo llegó a ser lo que es. Ese año dos radioastrónomos americanos descubrieron lo que parecía ser un débil resplandor del primitivo cataclismo. Ese brillo, es conocido como radiación cósmica de fondo.

Entonces la formulación de la Teoría del Big Bang, quedó enunciada así: hubo un momento en que el universo fue infinitesimalmente diminuto, infinitamente denso y extremadamente caliente. En un tiempo cero, hace miles de millones de años, aquella bolita no mayor que un átomo o una partícula subatómica explotó a una temperatura un trillón de veces más alta que el núcleo del sol.

Pero ¿Cuando ocurrió aquello? Hallar el radio del universo es equivalente a obtener su partida de nacimiento. De acuerdo con las observaciones realizadas hasta la fecha, el espacio tendría una edad entre 10.000 y 20.000 millones de años y un diámetro aproximado de 20.000 a 40.000 millones de años luz.

Una vara de medir que pueden usar los astrónomos para calcular distancias cósmicas con gran precisión es la constante de Hubble, propuesta por Edwin Hubble en los años 20 al descubrir que el universo en su conjunto se expande de manera uniforme. La velocidad de expansión y separación de las galaxias es proporcional a la distancia entre ellas.

Una constante de Hubble grande da lugar a un universo joven. Si el cosmos se dilata muy deprisa, es que ha llegado rápidamente a su tamaño actual y el Big Bang sería reciente. Por su parte, una constante de Hubble pequeña da lugar a un universo viejo. El problema que se deriva del uso de esta constante es que nadie sabe con certeza su longitud exacta.

Conseguir determinar de forma más precisa estos impresionantes datos se ha convertido en el mayor problema de la cosmología actual, de hecho, decenas de astrónomos lo están intentando desde 1920 y todavía no han sido capaces de ponerse de acuerdo. De todos modos, se coincide generalmente en asignarle al universo una edad de 15.000 millones de años.

Un problema adicional: una medición exacta de sus fronteras nos permitiría conocer si el universo se expande eternamente hacia una muerte de equilibrio termodinámico o si desaparecerá en un gran colapso, el Big Crunch.


El final.

Los científicos opinan que existirá un final del universo. Únicamente difieren en la forma:

· según unos, moriremos congelados a 273 grados bajo cero,

· según otros achicharrados a miles de millones de grados.

Como vemos, sus discusiones se limitan al cómo y al cuando de un final que todos, sin excepción, consideran inevitable.

El quid de la cuestión está en saber si el estado actual de expansión del universo continuará indefinidamente o no. Si la respuesta es afirmativa, entonces las estrellas, las galaxias, los quásares y demás estructuras cósmicas seguirán alejándose entre sí, hasta que se desintegre el último protón. Si, por el contrario, la expansión se detiene en algún momento, comienza un proceso de contracción. El universo irá haciéndose cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a un punto menos que microscópico, pero de infinita densidad; un punto similar al que, hace cerca de 15.000 millones de años, explotó para dar origen a todo lo que hoy existe.

De las dos posibilidades la respuesta está en la materia. Conociendo cuánta materia hay en el universo, podemos saber cómo está actuando la gravedad, como fuerza cosmológica fundamental. La gravedad es una fuerza de atracción que tiende a comprimir la materia y que, por lo tanto, se opone a la expansión.

Por ejemplo, si lanzamos una piedra al aire pueden suceder dos cosas: o bien la piedra, después de elevarse un poco, vuelve a caerse al suelo, o si la tiramos con la suficiente fuerza seguirá subiendo hasta vencer el campo gravitatorio terrestre y se perderá para siempre en el espacio.

En el primer modelo de un universo abierto el lanzamiento de la piedra comenzó hace cerca de 15.000 millones de años a partir de la explosión inicial -el Big Bang-, de un punto muy denso del que surgió toda la materia, todo el espacio y todo el tiempo. La expansión que se observa en la actualidad podría ser considerada como la onda expansiva de aquella explosión.

Si existe en el cosmos la cantidad suficiente de materia, esto es, si tiene la densidad crítica, la gravedad podría finalmente detener la expansión, y nada podría salvar al universo del colapso total. Si la densidad resultara ser menor que ese valor crítico, entonces el universo permanecería abierto; la gravedad frenaría la expansión, aunque nunca llegaría a detenerla.

El fin de este modelo, sería lentísimo, solo quedarían algunas rastros del universo en forma de radiación. Ello ocurriría a los 10100 años. Toda la maquinaria cósmica se habría parado, prevalecerá el equilibrio y la entropía habrá alcanzado su punto culminante. La temperatura reinante llegará al cero absoluto: 273 ºC. Sin embargo el fin de la vida es un suceso mucho más anterior: las estrellas terminarían su combustible y se apagarían dentro de 85.000 millones de años.

Pero en el caso contrario, si después de todo existiera en el universo materia suficiente como para detener la expansión, su final será mucho más rápido y espectacular. La fase de contracción será bastante parecida a su inversa, la de la expansión actual. Suponiendo que la expansión se detuviera ahora mismo, al universo le quedaría de vida exactamente el mismo tiempo que ha transcurrido desde el Big Bang: 15.000 millones de años. Durante ese período -miles de millones de años- se observará el movimiento involutivo de miles de más y más galaxias. Al mismo tiempo empezará a aumentar la temperatura de la radiación de fondo, pues cualquier cuerpo que se contrae se calienta.

Mientras sigue la contracción de las estrellas, su velocidad aumentará paulatinamente. De pronto, el movimiento de las estrellas quedará alterado por la lenta comprensión de los cúmulos estelares. Al no ser ya distinguibles las galaxias, las estrellas llenarán todo el universo y el cielo nocturno brillará cubierto por una verdadera alfombra de estrellas.

La radiación de fondo, hasta ahora inapreciable, se vuelve cada vez más caliente. La contracción del espacio será entonces tan grande que la temperatura de esta radiación alcanzará pronto miles de grados, mayor que la de la superficie de las estrellas. como estas no podrán desprenderse de la energía generada por los procesos nucleares, su temperatura interna aumentará para acomodarse a las elevadas temperaturas de su entorno. Seguramente se producirán inestabilidades explosivas, pero, en cualquier caso, el tremendo calor creciente que las rodeará las irá vaporizando hasta que desaparezcan todas.

Cuando el universo llegue a los 10.000 millones de grados, los procesos cuánticos adquirirán importancia y el espacio-tiempo empezará a resquebrajarse. a partir de aquí nada se sabe, porque deja de ser aplicable la física conocida.

Aunque sea posible que para ese entonces la humanidad esté muy evolucionada, el final se producirá tarde o temprano. Contra eso no hay nada que el hombre pueda hacer.


¿Otra vez el inicio?

Siguiendo la segunda posibilidad, la de un universo que luego de expandirse vuelva a concentrarse, es probable que toda la materia se comprimida en un punto parecido al original, con una densidad infinita. Existen algunas teorías que hablan de la posibilidad de que llegado a ese punto, el universo rebote en otro Big Bang, con el que comenzará un nuevo ciclo de existencia. El universo volvería a nacer y se expandiría hasta que comenzara otra fase de contracción. Sería un universo cíclico, con períodos alternos de expansión y contracción. Según los cálculos de los científicos, en cada ciclo sucesivo el universo sería mayor y duraría más tiempo. En el ciclo siguiente al nuestro, la fase de expansión duraría dos veces la actual, y las anteriores habrían sido más cortas: el cosmos que habitamos estaría, como máximo, a cien rebotes del primordial.


Dudas.

La teoría del Big-Bang presentó durante mucho algunas dudas.

En primer lugar, si bien para los científicos era ciertamente creíble la hipótesis de una gran explosión a partir de un punto de concentración infinitamente denso, no se podían explicar porqué la distribución de la materia del universo era uniforme en sus principios, la radiación cósmica así lo indicaría, y las aglomeraciones que, en cambio, presenta en la actualidad, con muros de galaxias dispuestas en torno a gigantescas esferas vacías semejantes a burbujas de aire. El universo parece tener una estructura bastante similar a la de una esponja, formada por agujeros interconectados y sujetos entre sí por filamentos de galaxias enlazadas por la atracción gravitacional.

Si la homogeneidad se ubiera mantenido, es posible imaginar al universo actual, unos 15.000 millones de años después de haberse formado, como una nube de gas virtualmente interminable. El cielo sería negro y nosotros no estaríamos aquí para observarlo. Sin embargo, sabemos por nuestra existencia misma que algo en la evolución cósmica hizo que la materia se condensase para formar estrellas y planetas, y finalmente la vida.

Tal paradoja desconcertaba a los astrónomos. El astrónomo Georges Smoot y su equipo (2) trabajaron sobre dos ideas: la radiación de fondo no es homogénea y que la razón de ello es que durante el primer instante del Big-Bang, rigieron las leyes de la mecánica cuántica.

La posibilidad era ésta: muy poco después del Big Bang, al cabo de pequeñísimas fracciones de segundo, la cantidad de energía liberada comenzó a expandirse rápidamente. Las leyes de la física cuántica -que rigen los ámbitos de lo diminuto, y el universo entonces lo era-, dejan un margen de incertidumbre que explicaría el origen de la materia que puebla el cosmos, no sólo en su génesis, sino también a lo largo de su evolución.

Encontrar diferencias de valor en la radiación cósmica sería además de un importante descubrimiento, una prueba contundente para la validez del Big-Bang.

Smoot, logró detectar esas pequeñas variaciones en el año 1993, en su libro dice: “Es a través de la radiación de fondo como mis colegas y yo descubrimos nuestras arrugas en el tiempo, el santo Grial de la cosmología”.

La segunda cuestión a revisar en ésta teoría, es si existió una singularidad en el origen del tiempo, es decir si realmente existió un tiempo cero.

En la noción de tiempo lineal sólo hay dos posibilidades: que éste se prolongue hacia atrás en el pasado para siempre, o que tenga un principio. Puede entonces imaginarse como una línea que va del Big Bang al Big Crunch.

Si la Teoría De La Relatividad General (3) es cierta, debió existir esa singularidad originaria del tiempo. Este fenómeno constituiría el principio del universo. Pero ante él, todas las leyes de la ciencia conocidas se vendrían abajo, pues supone un estado infinitamente concentrado y denso, sin espacio, sin tiempo y por ende sin gravitación. Esto significa que, los científicos no podrían deducir cómo comenzó el cosmos.

Evidentemente se necesitan leyes que pudieran ser válidas en cualquier estado. Cualquier cosa que hubiera antes no podría considerarse parte del cosmos.

Ya hemos hablado de cómo las observaciones de las galaxias remotas indican que se están alejando de nosotros; el universo está en expansión. Esto implica que los astros tenían que estar juntos en el pasado. Aquí surge la cuestión: ¿Hubo un tiempo pretérito en el que todas las galaxias estuvieron comprimidas y la densidad del cosmos era infinita o hubo una fase previa de contracción en la cual las galaxias evitaron chocar entre si? Quizá pasaron unas al lado de otras a gran velocidad y luego comenzaron a distanciarse.

Quién se hizo estas preguntas y logró hallar respuestas es el científico norteamericano Stephen Hawking. Para ello se requería nuevas técnicas matemáticas. Estas, en su mayor arte, fueron desarrolladas entre 1965 y 1970 por Roger Penrose y por el mismo Hawking.

Para contestar a la pregunta que planteaba que si era posible que no existiese ninguna singularidad y que si la teoría general de la relatividad era cierta, ¿Existió un estado de densidad infinita en el pasado? Hawking sugiere: “[...] que el espacio y el tiempo eran finitos en expansión, pero que estaban encerrados en sí mismos sin límites, al igual que la superficie del planeta Tierra es finita aunque no tiene fronteras.

Si la propuesta de la ausencia de límites es correcta, no habría ninguna singularidad, y las leyes de la ciencia serían siempre válidas, incluso al comienzo del universo”.

Luego dice algo fascinante sobre la dirección del tiempo: “[...] aunque también puede considerarse otro sentido del tiempo en ángulo recto al real. Es la llamada dirección imaginaria. En ella no tiene porqué haber ninguna singularidad que constituya un comienzo o un fin para el universo. El espacio no sería creado ni destruido.

Quizá el tiempo imaginario sea el auténtico tiempo real y lo que llamamos tiempo real sea sólo un producto de nuestra imaginación” (4).


Notas:

(1) La información que contiene este artículo fue mayormente extraída de la lectura de diversas revistas de divulgación científica y del interesante libro de Isaac Asimov: Introducción a la Ciencia, de Editorial Hyspamérica, Madrid 1986.

(2) Arrugas en el tiempo. Georges Smoot. P&J. Barcelona, 1994.

(3) La Teoría de la Relatividad General fue propuesta por el físico alemán Albert Einstein entre los años 1916 y 1917. En ella se formula una estrecha relación entre la gravitación, el espacio y el tiempo.

(4) Historia del tiempo. Stephen Hawking. Una guía para el lector. Recopilado por Gene Stone. P&J. Barcelona, 1993.

sábado, 15 de agosto de 2009

SOBRE EL TIEMPO Y EL TIEMPO DE TRABAJO - CAPÍTULO 4


¿Qué es el Tiempo?
La especulación filosófica sobre la naturaleza del Tiempo.

por bruno Pedro De Alto

“¿Qué es, pues, el Tiempo?
Si nadie me lo pregunta, lo sé;
pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”
San Agustín.

Es cierto lo dicho por San Agustín. Esta recopilación de escritos sobre el Tiempo y el Tiempo de Trabajo estaba ya muy avanzada y yo me seguía preguntando: “Pero en definitiva, ¿Qué es el Tiempo?”

Una curiosa tarde cálida de julio, tuve la fortuna de entrar a una librería de la Avenida Cabildo. No tenía ningún objetivo específico para entrar allí, salvo la eterna atracción por los libros. Sobre una mesa de ofertas, un título me llamó: “El problema del tiempo”. Lo hojeé, y comprendí con satisfacción que era el libro, que yo como lector estaba buscando.

El libro esta presentado por Jorge Luis Borges. En ella, el autor de “El aleph”, dice -me dice a mi-: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin porqué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.” (1).

El arte sucedió. Devoré el libro, y ahora puedo contar con una serie de pistas para responderme, o como San Agustín rogaba, poder contestar a quién me pregunte: ¿Qué es el Tiempo?


El Tiempo (con mayúscula).

Todas las reflexiones, que hagamos sobre el Tiempo, con mayúsculas pues es el nombre propio de una entidad, conducen a problemas que trató, y trata, la filosofía. Preguntarse cuál es la naturaleza del Tiempo es, en efecto, preguntarse qué es la Realidad.

Las búsquedas para saber sobre el Tiempo, han recorrido los caminos del análisis psicológico, tanto como el físico. Sin embargo el concepto filosófico del Tiempo contiene a ambos análisis. Tanto el concepto matemático o físico, como el psicológico solo pueden acercar una explicación de la naturaleza del Tiempo según las ciencias que los originan, pero no el todo. En efecto, tanto el físico como el psicológico son sólo criterios parciales de lo mismo. Cada uno por su lado presenta un falso absoluto, una abstracción válida dentro de las respectivas ciencias en las que surgen, pero engañosa si se plantea en si misma como la única descripción de la Realidad.

El físico se limita en gran parte a consideraciones sobre la medición, es decir, sólo en lo mensurable; mientras que el pensador psicologista y subjetivista está interesado simplemente en nuestra conciencia subjetiva del tiempo, es decir, sólo en lo percibido.

Ambos puntos de vista contribuyen a reflexionar sobre la naturaleza del tiempo, por ello no debe enfrentárselos, pero cada uno, por si solos, no pueden ser identificados con ella. Se trata entonces de definir que El Tiempo es a la vez “concepto” y “percepto”


El tiempo como concepto.

El concepto de Tiempo es una construcción a la que llegamos por análisis, síntesis y abstracción. Nuestra conciencia del tiempo surge de la experiencia.

Los acontecimientos, por ejemplo la caída de un objeto, nuestro propio deambular, no son sucesos que están con o en un momento de tiempo; son sucesos que constituyen el momento mismo. Los acontecimientos son los hechos concretos que constituyen el tiempo. El Tiempo no consiste en instantes o momentos, sino en el fluir de los acontecimientos en un orden y proceso continuo. El tiempo no crea acontecimientos, sino que los acontecimientos crean tiempo.

Cualquier acontecimiento es parte de otro que tiene una extensión temporal mayor. Cada acontecimiento es divisible en otros que ocupan menos tiempo. Sin embargo, los acontecimientos están siempre formados de otros acontecimientos, no de momentos, o de instantes, que no son concretos como acontecimientos, sino meras abstracciones del continuo proceso de tránsito del tiempo.

No puede haber una unidad natural de tiempo, aunque podamos idear unidades de medición del tiempo, de hecho la medición del tiempo es todo un cuerpo de conocimientos. Los acontecimientos son nuestra única data. El verdadero sistema espacio-temporal no es una mera forma, sino una totalidad concreta de acontecimientos.

El Tiempo está en el Universo, no el Universo en el tiempo. No es verdad que haya un Tiempo fuera de los acontecimientos del Universo. Algo así como un telón de fondo donde se proyectan como sombras los acontecimientos y al medir esas proyecciones conocemos las duraciones de aquellos sucesos. Un mundo que no tuviese acontecimientos, es un mundo que no tendría Tiempo; sería un mundo en el que nada sucedería y en el que no habría nada que hacer. El Tiempo es un rasgo real dentro del Universo.

Nada de lo que conocemos como vida puede manifestarse en un instante que no posee duración. El instante es una noción restrictiva, como el punto de la geometría. Todo Tiempo incluye intervalo, tramo o duración. El Tiempo no consiste en instantes o momentos, sino en el fluir de los acontecimientos en un orden continuo. El Tiempo es absolutamente continuo, aunque se mida y exprese numéricamente. La duración implica continuidad de los acontecimientos u objetos en el Tiempo.


El tiempo como percepción.

Percibimos tiempo; somos conscientes de ciertas cantidades de duración y también, habitualmente, de una sucesión de acontecimientos. Este conocimiento se da en el nivel perceptivo de la experiencia.

El Tiempo es una percepción. Pero cuando acrecentamos y organizamos nuestro conocimiento, y esforzamos nuestro poder de análisis, síntesis y abstracción, llegamos a un concepto de Tiempo. El tiempo perceptual y el conceptual no son del todo iguales en sus características, o más estrictamente podemos decir que el tiempo percibido no es idéntico al concebido. Lo vamos a explicar:

El tiempo percibido es siempre limitado. Nunca percibimos la totalidad del Tiempo. También se lo percibe como sensiblemente continuo, como poseedor de cierta cualidad direccional. Sólo si al lapso inmediatamente experimentado, más una amplia perspectiva temporal, hacia atrás y hacia adelante, se los capta como un continuo, se logra el concepto de un Tiempo continuo. Por este camino del pensamiento se llega a la idea del Tiempo como de carácter ilimitado; se lo considera infinitamente divisible y matemáticamente continuo como una serie infinita. A este concepto sólo se le antepone el conocimiento de la duración del Tiempo. Este último, está asociado a el origen y el fin del Universo.


El aprendizaje de la percepción.

No sólo percibimos que las cosas han cambiado, sino que tenemos una clara percepción de su cambio. El término cambio se utiliza en su significado fundamental: el devenir de acontecimientos, no simplemente cambio de lugar o de cualidad.

La experiencia del cambio, sin embargo, es más primitiva que la percepción del tiempo, y no necesariamente implica percepción de tiempo. Nuestra experiencia de cambio es inmediata y última, pues todos nuestros datos sensibles son cambios presentes ante nosotros como acontecimientos.

Nuestra experiencia del tiempo, como cualquier otra, se logra por aprendizaje. La conciencia del Tiempo surge de una experiencia fundamental e irreductible, y esto lo debemos reconocer cualquiera sea la teoría metafísica de la naturaleza del Tiempo que adoptemos. Se desarrolla con la mente, y la investigación ha mostrado que las personas no tienen una apreciación similar del tiempo transcurrido, que no existe una unidad natural del tiempo a modo de cadencia común. No existe esa condición a priori de nuestro conocer el mundo exterior. Pero cuando llegamos a conocer ese mundo de acontecimientos, nuestro sentido del tiempo crece, y erigimos un concepto de Tiempo. Es interesante notar que en este desarrollo se encuentran grandes diferencias entre personas y civilizaciones, y entre las mismas personas en diferentes etapas de su vida. Por ejemplo en el desarrollo de la mente infantil, la conciencia del tiempo llega más tarde que la conciencia del espacio. El niño vive en el presente y está interesado en las cosas fuera de sus relaciones en el tiempo. El niño se hace consciente del tiempo y su significación cuando, por ejemplo, está forzado a esperar un objeto deseado.

En definitiva nuestra experiencia es la percepción de un acontecimiento. Fuera de los acontecimientos, no podríamos tomar conciencia del tiempo, pues éste no existiría. Se rechaza, de éste modo, la teoría del Tiempo Absoluto (2), de un tiempo que transcurre independientemente de los acontecimientos. También tomamos conciencia del acontecimiento como poseedor de una duración. Este acontecimiento es sucedido por algún otro y surge la idea de la sucesión en la duración. La relación antes/después del cambio objetivo y del tiempo llega a ser, así captada.


Presente, pasado y futuro.

Las sociedades industriales representan el Tiempo como una línea, pero debe reconocerse que el puro Tiempo, como extensión sin pausa, es una abstracción. Si presentamos imaginariamente el curso de Tiempo como una línea, sólo puede querer decir sucesión. Por lo tanto, necesitamos otra línea perpendicular a aquella para representar la simultaneidad. Hay otro peligro en la presentación lineal. Sólo se vuelve verdadera cuando se le da un sentido o dirección a la línea, y puede llevarnos fácilmente a concebir el presente percibido como un mero punto, un punto entre un pasado que se ha ido y un futuro que se aproxima. Nuestro presente percibido no es así, aunque el presente objetivo tiene ese carácter. Nuestra conciencia de un punto o instante; es más bien de cierta longitud en la línea temporal. Lo explicamos con un ejemplo:

Supongamos que A, B, C, D, E, F y G representan una serie de acontecimientos que podemos considerar instantáneos, por ejemplo relámpagos en una tormenta eléctrica. Como el Universo está en continuo cambio, si uno de esos relámpagos, D, es presente, A, B y C entonces son pasados, mientras que E, F y G son todavía no existentes o futuros. En la experiencia perceptual, sin embargo, se encuentra que nuestro “presente” incluye una conciencia de B, C y D, como sucesión, pero como “simultánea-mente presentes”, aunque sucesivos. Alguien inclusive podría afirmar que E también estaba contenido de alguna manera anticipatoria, en ese presente psíquico, pues lo esperábamos. Sabemos que nuestro presente, en tanto percibido, no es un punto móvil o instante del tiempo objetivo, sino una línea móvil, o más bien una línea cuyo contenido está cambiando permanentemente.

Desde el punto de vista de la matemática el presente es un punto sin duración; es el último instante de una serie que retrocede hacia el pasado y el primero de una serie que se extiende hacia el futuro. Pero desde el punto de vista de la psicología, la cuestión es muy diferente. El presente es en esencia una duración, breve, pero que tiene una extensión en el tiempo, una anchura de carácter temporal. El momento presente de la experiencia es siempre un trecho o lapso definido de duración.

La unidad de composición de nuestra percepción del tiempo es una duración. La sucesión, la simultaneidad y la duración son rasgos de nuestra experiencia del tiempo. El tiempo percibido no es sólo un instante que reemplaza a otro que se ha ido. El presente percibido es real, concreto, vivo, y hasta cierto punto durable o extenso. Es siempre una cantidad de tiempo.

El tiempo se considera como un fluir. No pasa instantáneamente, sino que posee una duración, una cualidad que suele llamarse permanencia temporaria o relativa.
A esta experiencia perceptiva algunos autores han denominado “el presente especioso”. Todas las notas de una canción parecen para el oyente estar contenidas en el presente. Todos los cambios de lugar de un meteoro parecen al observador estar contenidos en el presente. Sin embargo, el presente al cual se refiere el dato -las notas musicales, la trayectoria del meteoro- es realmente una parte del pasado reciente, ilusoriamente dado como un tiempo que interviene entre el pasado y el futuro. Las investigaciones en el campo de la psicología dan al presente especioso una duración de entre ½ y 4 segundos, variando de acuerdo al individuo, en interés, la fatiga y el estado de salud. Cada cosa se percibe en un presente especioso, pero el presente real objetivo no es especioso; sólo el presente percibido tiene ese carácter. Esto se debe a que el mundo está en continuo cambio, y lo que está sucediendo realmente nunca es especioso. Pero nuestro equipamiento y organización mental es de tal modo que lo percibimos como especioso.


Notas:
(1) J. Alexander Gunn. El problema del tiempo. Estudio histórico y crítico.
Biblioteca personal Jorge Luis Borges. Editorial Hispamérica, Buenos Aires, 1986.
(2) Issac Newton publica entre 1686 y 1687 su Principia. En ella se encuentra su concepción del Tiempo. Plantea al Tiempo Real como un Tiempo Absoluto. Dice: “El Tiempo Absoluto, verdadero y matemático, no relacionado con nada exterior, fluye unifórmente y se llama duración. El tiempo relativo, aparente o común, es esa medida sensible y externa de una igual o desigual porción de duración en estado de movimiento, tales como las medidas de las horas, los días, los meses, los años.”