lunes, 9 de diciembre de 2019

Javier Madanes, y yo

por Bruno Pedro De Alto


Mi libro "Autonomía Tecnológica. La audacia de la División Electrónica de Fate", se escribió entre diciembre del 2010, y diciembre del 2012. En enero y febrero del 2013 se hicieron correcciones, y salió finalmente impreso en abril del 2013. Para un adventicio escribir un libro es una tarea titánica. El proceso está lleno de situaciones tediosas, como las sucesivas correcciones de estilo; otras luminosas, como encontrar la fuente original que es citada por otros; y también algunas anécdotas que tal vez interesen al lector, o al curioso. El detrás de escena, y la cocina del libro. Voy por esta última cuestión. Antes de contar la anécdota, hago una breve reseña del libro y su trama.
La División Electrónica  fue una diversificación de la empresa nacional de neumáticos Fate. Iniciada en 1969, tuvo una crisis importante y desenlace trágico en 1976, con el Proceso de Reorganización Nacional. La dictadura de Videla y Martínez de Hoz. Fate, en aquellos momentos era presidida por Manuel Madanes, y tenía como socio rutilante, a José Ber Gelbard, que en 1973 asumió como ministro de economía de Cámpora, y siguió con Juan Perón e Isabel Perón. Renunció en 1974.
La dictadura que había derrocado a Perón, también se ensañó con la Confederación General Económica, la CGE, construida por Gelbard para representar a los empresarios nacionales. La CGE fue suspendida, incautados sus recursos y personería; por lo tanto, el inhibido presidente de la central empresaria, necesitó ayuda.Fue cuando  Fate, fundada por los hermanos Adolfo y Manuel Madanes, le dieron empleo a Gelbard. O tal vez, lo cobijaron en la estructura empresarial para que pueda continuar su tarea de organización empresarial y lobby. Con esa protección, Fate le devolvía un favor importante a Gelbard. Años atrás, la empresa de neumáticos sufrió restricciones para hacerse de dolares. Adolfo Madanes, cercano a la CGE, le pidió a Gelbard una gestión ante el gobierno de Perón para poder acceder a los dólares que necesitaba y estaban restringidos para la economía general. El favor se realizó.
Cuando Gelbard ocupó la pequeña oficina ubicada en Garay Nº1 de la porteña ciudad de Buenos Aires, pudo cobrarse aquella gestión y tener un escritorio para reconstruirse como el gran arquitecto del movimiento empresario nacional y del Pacto Social que llegaría a la economía argentina en 1973.
En el ínterin, la mayor amistad y confianza de don José, pasaría de Adolfo a Manuel Madanes. Con él lograría un movimiento societario de magnitud en Fate. De empleado, pasaría a ser socio, y junto a Manuel, lograr el control de la firma. Adolfo quedó desplazado, quejoso de la entrada de la política a la empresa. Gelbard y Manuel crearon una empresa controladora del Grupo Fate, donde el primero tenía el 19% de las acciones.
Desde esa posición empresaria, sus contactos políticos, y los buenos oficios de lobby, don José ayudó a Madanes en la diversificación del negocio con la División Electrónica de Fate y la adjudicación de la planta de aluminio y la Central Eléctrica de Futaleufú para Aluar, empresa novel del Grupo Fate.
La División Electrónica de Fate será la historia que escribí en el libro "Autonomía Tecnológica". Aluar será en gran parte uno de los factores de la tragedia del Grupo cuando llegó la dictadura en 1976. Las persecuciones, secuestros, tortura, saqueo, exilio y muerte, fueron los componentes de la tragedia de Madanes y Gelbard. La División Electrónica se verá muy dañada en esos momentos, y cierra de manera definitiva en 1982. En cambio, Aluar y Fate siguen, pero el 19% de las acciones del Grupo que las controlaba, se las apropió de manera indebida el Estado Nacional. Recién en el gobierno de Raúl Alfonsín el hijo de Gelbard recuperó el capital expropiado a su padre ya fallecido en el exilio.
Hecho este racconto, vuelvo al libro "Autonomía Tecnológica". Avanzado el mismo, imaginé tener tres prólogos, que de alguna manera expresaran el triángulo de Sabato. Es decir, un testimonio de un funcionario estatal, de un científico, y de un empresario. El primer caso, lo logré con Carlos Gianella, quien trabajaba en Ciencia y Tecnología de la provincia de Buenos Aires. El segundo, también lo logré con Pablo Jacovkis de Ciencias Exactas de la UBA. El tercero, "debía" ser un Madanes.
Para ese entonces, el control accionario del Grupo había pasado al hijo de Adolfo Madanes, es decir, Javier Madanes Quintanilla, quien aún hoy es el presidente de Fate y Aluar. Para poder entrevistarlo y pedirle el prólogo, intenté las vías formales: cartas y mensajes al área de Relaciones Institucionales de Fate, pero había sido infructuoso. Cero respuestas.
Puedo afirmar que, ya por marzo del 2012, daba por perdida la esperanza de tener ese prólogo empresario. Solo el azar podía dar vuelta la situación. Recuerdo la noche aburrida donde el zapping en la TV me trajo el primer paso de mi fortuna. Estaba al aire un programa de la señal "El Garage", que se dedicaba a temas del automóvil en general. El cronista estaba en un evento, donde la empresa Fate presentaba su sociedad con el estudio de diseño automotor de Milán del famoso Pirinfarina. El logro de la sociedad eran nuevas cubiertas dibujadas por el italiano y hechas por Fate.
Entonces, sorpresivamente para mí, en la pantalla de la TV el cronista entrevista al CEO de Fate, Javier Madanes Quintanilla, cuyo rostro yo desconocía hasta ese momento. Y su rostro es clave en este relato. Los Madanes, tienen un rostro duro, de pliegues profundos, muy particulares: nariz ancha, labios rectos, pómulos marcados, es decir, un rostro difícil de olvidar. Mientras lo veía y oía por la TV, le hablaba en silencio: "necesito tu prólogo".
Sin embargo, a pesar de quedar ese rostro grabado en mi mente, no había avanzado nada en obtener el contacto y menos una entrevista. Ese registro solo podía servir si me lo encontraba cara a cara, por azar, en la calle... u otro lugar.
Un par de semanas después, tuve que irme de viaje a Puerto Madryn, por una actividad que se realizaba en la UTN de allí. Les voy adelantando, o informando: en Puerto Madryn está la planta de aluminio de Aluar, empresa del Grupo Fate.
Estando en el preembarque de Aeroparque, me encontré observando a dos señores pasajeros que me llamaron la atención inicialmente por un detalle: no tenían equipaje de mano, a diferencia de mí, que tenía campera en mano, mochilla y una bolsa con papeles, etc, etc. Ese contraste me distrajo de otras cosas, y me ocupó en observarlos.
Los dos señores eran mayores, tal vez 70 años, uno, 75 el otro. Uno alto y delgado con pelo cano, el otro, bajito y pelado. Con mocasines, pantalones de gabardina, camisa y saco azul. Y nada en las manos... no, miento. El bajito tenía en las manos, un libro. No cualquier libro.
El señor bajito tenía en sus manos, un libro grueso, uno de los cinco volúmenes de "La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina", la colosal obra de Martín Caparrós y Eduardo Anguita. Yo lo había leído también, y tenía claro que no es un libro que se lee sin compromiso político o interés por la historia argentina. Eso también transformaba a uno de ellos en una persona espacial. Pero, ambos: ¿Quiénes eran? ¿A que se dedicaban? ¿A dónde iban?
Llega el momento del embarque, y los pierdo de vista, y de interés inmediato. Lo mío era subir al avión y viajar a Puerto Madryn. Ya sentado y con el cinturón de seguridad abrochado, en la tercera o cuarta fila contando desde la punta del avión, me entretengo observando el ingreso del resto de los pasajeros y pasajeras. En esa situación veo pasar a los dos señores del preenbarque, y detrás de ellos, apurado, como si hubiera llegado tarde, otro señor. Tal vez un poco más joven, y de rostro duro. Mostraba un rostro que es difícil de olvidar. Era Javier Madanes Quintanilla.
Mi cinturón de seguridad se transformó en ataduras. Quise saltar del asiento, pero la estreches, la rapidez de los movimientos de un Madanes apurado, y la misma sorpresa mía atentó a que pudiera hacer algo útil a mi deseo de contactarlo en tan extraña casualidad. Las aproximadamente dos horas de vuelo fueron de intranquilidad, angustia, alegría y confusión. Torné mil veces mi cuerpo y cuello para mirar hacia las filas de atrás, intentando saber dónde estaba sentado Madanes. No lo podía ver. Luego empezó a asaltarme la duda: ¿y si no era?, ¿y si era otra persona? Podía pararme y empezar a caminar por el pasillo del avión y mirar todas las caras, de a una, para encontrar aquel duro rostro conocido por TV y visto como un relámpago en una cabina de avión. Por otro lado, el saber que íbamos hacia a Puerto Madryn, donde está Aluar, me forzaba a pensar que estaba en lo cierto, que era la misma persona que vi en la TV y que yo estaba deseando encontrar hace semanas. Era el hijo y sobrino de personajes principales del libro que me había costado dos años investigar y escribir, y estábamos en el mismo avión, y hacia el mismo lugar.
Sin embargo, me acobardé. No me animé a pararme y salir a buscarlo por la cabina del avión. Me sentí insignificante, un simple escritor lego, frente a uno de los más poderosos empresarios nacionales. Lo mío podía parecerle ridículo a él, y en ese contexto tan extraño, no sería raro que me ninguneara. Me resigné a una segunda oportunidad: el desembarco, al llegar a Madryn. Error, en tierra firme no lo vi a él, ni a sus acompañantes. Eso de viajar sin equipaje de manos, debió ser extensible a no llevar valijas que no debieron esperar. Seguramente al dueño de Fate y Aluar los esperaban y se lo llevaron rápido. Mientras tanto, yo, el escritor insignificante y deprimido, se quedó esperando sus valijas, con campera, mochila y bolsa en mano.
Aquella actividad en la UTN de Puerto Madryn la compartí con un docente de la UTN de La Plata, que se llama José Macca. A José le conté aquella aventura de final fallido. Tal vez para esperanzarme me dijo que quizá en el viaje de regreso...
Con Macca, a la tarde siguiente, volvimos juntos en el mismo vuelo. A pesar de las esperanzas que me había sembrado mi compañero,  no los vi. Ni al señor alto, delgado y canoso; tampoco al petiso calvo, ni mucho menos, a Javier Madanes Quintanilla. Al bajar cada uno se quedó con sus propias situaciones. Las mías seguían siendo el equipaje despachado, y me acerqué a la calesita donde éstos van apareciendo para ser retirados nuestros petates. Todos sabemos que la espera al lado de la calesita del equipaje es un lugar donde parece que el espacio falta, y todos nos encimamos para lo mismo: reconocer nuestra valija y tomarla antes que pase de largo. Algo así como una competencia que depende del azar de cómo fue despachado el equipaje en el aeropuerto de origen del viaje. Volví a usar la palabra azar.
Mientras esperaba mi equipaje, me di cuenta que estaba muy encimado a una persona que estaba un poco atrás, y un poco a mi derecha. Me dí vuelta para disculparme. Al verlo y reconocerlo, no logré decir ninguna disculpa. El azar se había trasformado en realidad. Estaba al lado del presidente de Fate y Aluar, el poderoso empresario nacional, hijo de Adolfo y sobrino de Manuel, el señor de rasgos duros y marcados que estaba semanas atrás en la TV, hablando con un cronista del "El Garage" sobre los diseños de Pirinfarina. Esta frente a frente a Javier Madanes Quintanilla.
Increíblemente no me costó mucho rearmarme desde la sorpresa, me di cuenta que solo tenía unos segundos para obtener algo de ese encuentro fortuito, y le lancé una pregunta que desencadenó este diálogo y situación:
- Disculpe. Usted es Javier Madanes Quintanilla?
- Sí. ¿Qué tal?
Nos dimos la mano para saludarnos.
- Soy Bruno De Alto, y estoy escribiendo un libro sobe la experiencia de la División Electrónica de Fate. He estado hablando con parte del equipo de aquella división, e investigando mucho. Me gustaría que usted me prologue el libro.
Madanes se dió vuelta y dijo en voz bastante alta:
- Vení Daniel, esta persona está escribiendo sobre Fate Electrónica.
Ahí cerca estaban los dos señores de saco azul, el alto y el bajito. Me saludaron, eran Daniel Friedenthal, vice presidente del Grupo, el alto; y Carlos Leyba, economista y asesor del Grupo, el bajito que leía "La Voluntad".
A los tres juntos les volvía a explicar mi interés y mi libro. Finalmente Madanes le dice a Friedenthal que me atienda, porque "Él estaba en la empresa en esa época y se debe acordar de los detalles". Es cierto, Daniel era hijo de Rebeca Madanes, hermana de Adolfo y Manuel, mientras que el padre de Javier se había alejado temporariamente del Grupo, disgustado por la maniobra societaria protagonizada por Gelbard y Manuel.
Sin embargo, estos breves minutos se agotaban, y tenía que cerrar algún trato de un nuevo encuentro. Ofrecí mi tarjeta personal de la UTN y se la di a Friedenthal. Lo miré a los ojos, y muy firme le dije "Espero tu llamado". Ya recontra agrandado, mientras salíamos hacia la puerta, todos con sus respectivos equipajes, le dije al vicepresidente: "Daniel, por favor, no te olvides de llamarme".
Al día siguiente, la firmeza había caducado. Me ponía a pensar seriamente, y lo lógico era que aquel episodio había sido todo lo posible de lograr. La aventura de un aval al libro, hecho por la propia empresa y sus directivos, a pesar del azar, no era posible. Era lógico, había una sideral distancia entre un ignoto escritor de una historia en parte heroica, en parte dramática, y los descendientes de los protagonistas que probadamente la habían olvidado institucionalmente.
Más allá de la lógica, pensar eso, me ponía triste y frustrado.
Pero la memoria es tozuda, aunque se disfrace de azar. Pasados unos pocos días recibo un mail institucional de Aluar. En él, Adriana Edith Menghi, la secretaria de Daniel Friedenthal me informaba que el vicepresidente de Aluar me esperaba en sus oficinas de San Fernando, en la planta de Fate. No recuerdo exactamente cuál fue mi reacción, pero no exagero si digo que fue un puño cerrado, con un pequeño temblor y un “¡Bien!”, dicho entredientes.
En la fecha determinada, fui a la Planta de Fate y fui recibido por Daniel Friedenthal. Fue una reunión relajada, donde lentamente descubrí que las autoridades de la empresa tenían muy claro y valorado el esfuerzo tecnológico de aquella diversificación en electrónica digital. Sin embargo, por razones muy profundas y que no las expresó, la División Electrónica de Fate pasó al olvido.
Por momentos, Friedenthal se iluminaba y señalaba a través del ventanal: "¿Ves, allá, ese galpón? Ahí empezó el proyecto electrónica". En otro momento, quería saber exactamente que me habían contado los ingenieros y técnicos de la División, dándome a entender que esos podían ser relatos con mala animosidad para la empresa.
Insistí varias veces en la necesidad de recupera esa historia para que se hiciera pública, que yo lo iba a hacer, pero sería muy valioso que la empresa me acompañara de manera positiva. Casi al final de la entrevista, cedió un poco, y reconoció que eran hechos donde el tiempo había pasado en demasía.
Frente a esa concesión, le pedí el prólogo. Para ello le entregué una copia impresa y anillada de la última versión del libro para ese entonces. Le pedí que lo leyera, y expresé que me gustaría tener un prólogo de Javier Madanes Quintanilla. Nos despedimos, y volví a la espera de novedades.
Mi imaginación voló una vez más, y se configuró que Friedenthal, leería el borrador, le gustaría mucho y escribiría un prólogo. El ciclo del olvido empresarial, quedaría salvado. Sin embargo, no ocurrió así. Mejor dicho, cerraría de otro modo impensado.
Pasaron varios días, hasta que recibí un llamado telefónico. Ahora, quien me hablaba, era Carlos Leyba, el señor calvo y bajo que leía "La Voluntad". Con Carlos Leyba nos reunimos dos veces para hablar de la División Electrónica de Fate. Desde aquel entonces, he seguido su trayectoria y enseñanzas. Su destaca personalidad merece los siguientes párrafos.
Militante de la Democracia Cristiana, en la decada de los 60, junto a los dirigentes de esa fuerza política, el joven Carlos Leyba, economista asesor de Fate y con contactos con la CGT, se integra a los equipos técnicos del Pacto Social que lideraba José Ber Gelbar. Finalmente asume en 1973 con el cargo de Secretario de Programación y Coordinación Económica del Ministerio de Economía. Cuando se lo señala como redactor del Pacto Social, se esfuerza en afirmar que fue apenas quien escribió lo que otros le dictaron: "El acta de compromiso la escribí yo, era la pluma. Yo era el responsable del Plan Trienal." Hoy sigue convencido que el desarrollo del país, es "Concertado y con largo plazo".
Esta vez, la cita fue en las oficinas de Aluar de la calle Marcelo T. Alvear, casi esquina Florida. Me anuncié y me invitan a esperarlo a Leyba en una sala de reuniones que está justo frente al hall de entrada y donde se veía el ascensor. La sala estaba decorada con fotos de la construcción de la planta de Aluar, y en el piso había un lingote de aluminio, con el logo de Aluar y la fecha 27 de julio. Se trata de la fecha de inauguración de la Planta de Puerto Madryn, en 1974. Recordemos: Fate era y sigue siendo una gran empresa nacional de neumáticos, Aluar, empezaba, sería y es la gran empresa nacional de aluminio, cuando se dio la experiencia de electrónica que yo estaba escribiendo. Con mi libro me había quedado en 1976, y el grupo, para sobrevivir (literal) se aferró a los gigantes, y sacrificó al sueño de la autonomía tecnológica.
Sin dejar de ser un escritor lego, ya era un estoico.
Era pasado el mediodía, y veo que por el ascensor emergen, nuevamente los tres hombres del aeropuerto: Madanes, Friedenthal y Leyba. Me saludan los tres, y Leyba se queda conmigo. De aquellos diálogos, dos reuniones bastantes largas y llenas de gentilezas y colaboración, entiendo que tanto Leyba como Friedenthal se ocuparon de garantizar la imagen de los orígenes de Fate, y en especial, la relación entre Manuel Madanes y José Ber Gelbard.
Leyba tenía en mano, un mail impreso, que deduzco estaba escrito por Friendenthal. Les interesaba saber cuáles eran mis fuentes. Las fuentes directas, donde puede reconstruir el proceso tecnológico, me las dieron en largas entrevistas el Gerente General de la División, Roberto Zubieta y gran parte de su equipo. En cambio, la información sobre los orígenes de la empresa y el rol de Gelbard en Fate, provenían de dos fuentes secundarias: los libros de María Seoane y de Isidoro Gilbert. Ambos vinculaban fuertemente a Gelbard con el Partido Comunista Argentino, donde habría sido uno de sus administradores. Por lo tanto, aquella supuesta ligazón entre el PC y Fate, que la dictadura uso en parte para desencadenar la tragedia en la familia de los Madanes, era molesta.
Leyba me aseguró que Gelbard no trajo capitales a Fate, el 19% fue una concesión de Manuel para posicionarlo dentro del directorio. Ésta, y otras correcciones, como por ejemplo las que me proveyeron sobre Leiser Madanes, el abuelo de Javier, el primero de los Madanes en Argentina, fueron el foco de sugerencias de cambios. Entre una fuente primaria y una secundaria, sin duda opté por la primera. Con esos arreglos hechos, volví a pedir el prólogo. En una charla telefónica posterior, Carlos Leyba me informa finalmente que no tendré el tercer prologo tan ansiado. La sentencia fue hecha en todo cordial, pero sin explicación, ni justificación.
La aventura del tercer prólogo había tenido tantos banquinazos, que se hacía difícil aceptar que había fracasado. Visto desde lo inmediato, era un bajón. Como otras tantas veces, me rearmé y seguí adelante. El texto había conseguido información de primera mano en otro de los capítulos importantes del libro. Los orígenes de la empresa nacional Fate. Incluso, aquel encuentro con Javier y las charlas con Daniel también fueron en parte relatados.
Sin rencores, a principios de mayo del 2013, una vez impreso el libro, llevé a la planta de San Fernando de Fate, un sobre. Dentro del sobre, había tres libros de “Autonomía Tecnológica” uno para cada uno de ellos, con una dedicación personal. Los dejé en la guardia. Inmediatamente envié un mail a Adriana avisando del presente dejado.
Un mes después, a principios de junio, recibo un llamado de Adriana. Me pregunta si le puedo vender a Fate, diez libros de “Autonomía Tecnológica”. Sin prólogo, es cierto, pero las autoridades de Fate me seguían sorprendiendo. Hice los arreglos con la editorial Ciccus, que también entusiasmada con el pedido le vendió diez libros y le entregó doce ejemplares como atención.
Los sucesos, aquí relatados, merecían ser contados ampliamente. Por razones de fluidez en el relato, y por pertenecer a la cocina del libro, nunca habían sido escritos ni en el libro, ni en otro lado. En el libro, aquellos momentos habían quedado de la siguiente manera:

Debido a mi interés de conocer la opinión de la actual conducción de Fate sobre aquellos hechos históricos, intenté un acercamiento formal, vía mail y llamadas telefónicas que no tuvieron éxito. Todo parecía indicar que en ese ámbito primaba el olvido sobre la memoria. Pero, sin embargo, como dije anteriormente, la memoria es tozuda y se disfrazó de azar. A principios del año 2012, por motivos laborales viajé a Puerto Madryn, y me topé sorpresivamente en el sector de despacho de valijas del aeropuerto con Javier Madanes Quintanilla, presidente de Fate, y con Daniel Friedenthal, vicepresidente. En breves segundos me presenté y les comenté que estaba trabajando en este tema y, para mi sorpresa, los empresarios valoraron el rescate histórico que estaba haciendo y me brindaron la oportunidad de varias entrevistas en la sede de la empresa.
Daniel Friedenthal encabezó las reuniones, dado que fue quien más cercanamente había estado involucrado con la experiencia. Según sus expresiones, Fate está orgullosa de la experiencia de la División Electrónica porque fue una muestra de la capacidad tecnológica de la empresa y de aquellos protagonistas.
También reconoció como dramática, y por lo tanto traumática, las instancias de su cierre. A las causas las colocó en el ámbito de decisiones empresarias fundadas en razones económico-financieras. Sin embargo, ante mi planteo, que dicha decisión se tomó en un contexto político represivo y de hostigamiento general a la empresa, Friedenthal asintió y reconoció que aquellos sucesos violentos crearon una atmósfera difícil de asimilar. Apareció entonces en la conversación la palabra “tragedia”.
Entre los sucesivos intercambios que se fueron dando desde aquel momento del encuentro en el Aeropuerto hasta el cierre de la redacción de este libro, la tozuda memoria le ha ganado terreno al olvido. Como dijera Friedenthal, luego de un largo suspiro que lo habilitó a expresar con más claridad la voluntad de reencontrase con la experiencia de la División Electrónica, en tanto logro y tragedia: “Es que ya han pasado casi cuarenta años…”



viernes, 15 de febrero de 2019

Ciencia, tecnología, ideología y consensos


Por Bruno Pedro De Alto
Licenciado en Organización Industrial (UTN) y Especialista en Gestión de la Tecnología y la Innovación (Untref)
Autor de “Autonomía Tecnológica (2013. Ciccus) y “Tozuda industria nacional” (2018. Ciccus – Lenguaje Claro)


Analizar el pasado nos permite responder sobre cuestiones actuales, pero sobre todo nos permite soñar y diseñar el futuro teniendo en cuenta las lecciones aprendidas. Detenernos en sucesos, como los que vamos a mostrar aquí, ocurridos hace varias décadas atrás, puede recibir la crítica de que no hay puntos de comparación: cuestiones geopolíticas, modelos económicos de acumulación, instituciones y legislación, densidad poblacional, la tecnología, etc. Todo ha cambiado. Es cierto.

Sin embargo, hay otra posibilidad, otra manera de observar sucesos y relatos pasados. Es que si no fuera así, por ejemplo, no sería interesante leer en la literatura universal las obras consideradas “clásicas”. Se siguen leyendo porque tienen la fuerza de retratar al hombre en su esencia más profunda y permanente: sus obsesiones, sus miedos, sus deseos, sus lealtades, sus creencias, sus tradiciones, etc. En definitiva, las fuerzas que expliquen sus acciones y decisiones. En este sentido se presenta el siguiente relato histórico, donde se muestra la convergencia de distintos personajes, que a pesar de identificarse políticamente en distintas facciones, convivieron notablemente, a partir de la coincidencia sobre el proyecto nacional – modelo de país que detentaba cada uno, y las fuerzas interiores que gobernaron sus acciones y decisiones.

El relato se ubica en Argentina, en un momento entre la década de los ´50 y medianos de los ´70. Era el período de institucionalización de la ciencia y la tecnología, de la intensificación de las relaciones entre mundo académico y mundo productivo, y del paso del ciclo de sustitución de importaciones a uno más cercano a la instalación de industrias pesadas y / o estratégicas. A pesar de la inestabilidad política, gobiernos militares, peronistas, desarrollistas, y radicales, no había llegado aún el neoliberalismo, ni los monetaristas. El telón de fondo era la presencia de proyectos desafiantes, motivantes, demandantes de obreros calificados, de técnicos, de ingenieros, de tecnólogos, y de científicos; también de empresarios nacionales, intelectuales, sindicalistas lúcidos, comunicadores y políticos. La densidad social que facilita la unidad nacional alrededor de un proyecto de país.

Bernardo Houssay, Manuel Sadosky, Rolando García y Eduardo Braun Menéndez.
Los prestigiosos Manuel Sadosky y Rolando García, conducían la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA en 1958.

Facultad Ciencia Exactas y Naturales de la UBA, en construcción

Para comprar a la mítica computadora Clementina, les solicitaron una partida de fondos por u$s 400 mil al CONICET presidido por Premio Nobel Bernardo Houssay.

Manuel Sadosky

Rolando García

Tanto García como Sadosky expresaban una mirada distinta a Houssay sobre las ciencias. Los primeros estaban convencidos que las ciencias – las aplicadas, fundamentalmente – eran factores de progreso en la medida que se aplicaran a problemas de desarrollo e industria. Don Bernardo Houssay, no. Su idea de progreso era especialmente que si se hacía buena ciencia básica, ello empujaría el bienestar de la Patria.

Bernardo Houssay

Reivindicándose como un hombre de izquierda, de ideas socialistas, García encaró al presidente del CONICET, un verdadero baluarte de la derecha argentina y le pidió dinero – mucho – para un proyecto extraño a las líneas generales de la política científica de ese momento. A Houssay, el pedido le pareció exorbitante, no apropiado, y lo rechazó.
Los hombres de ciencias exactas, tenían una carta para convencer al Premio Nobel, y la usaron. Solía decir Rolando García que en aquella época había profesores muy conservadores, "pero muy del país" con los que nunca tuvo problemas. Dijo una vez García: "Yo con nadie me entendí mejor que con Braun Menéndez sobre lo que había que hacer en la universidad, aunque naturalmente él venía de otra clase distinta de la mía. Pero era un hombre inteligente, bien formado y con una concepción de país, que es algo que se ha perdido".

Eduardo Braun Menéndez

El investigador Eduardo Braun Menéndez, era también fisiólogo y el discípulo predilecto de Houssay. Braun Menéndez era el hombre ideal para la difícil misión, también miembro del directorio del CONICET, fue el ariete que taladró la negativa de su maestro. El CONICET aprobó el pedido que conformaba el presupuesto para comprar la computadora Clementina y su puesta en marcha. El directorio sesionó con don Bernardo en ausencia como resultado de las gestiones de Braun Menéndez.

Computadora "Clementina"

Ciencia, tecnología, ideología y consensos.
Luego de la noche neoliberal, 1976 – 2001, se recuperó en gran parte esa senda de desarrollo tecnológico que enhebraba la trama de retazos que habían quedado sueltos, que al final convergieron en un proyecto de país con tecnología satelital, energía nuclear y alternativas, biotecnología, nanotecnología, etc.

En la derrota electoral del proyecto nacional y popular del año 2015 en manos de una renovada versión del neoliberalismo periférico con una nueva ruptura de aquel modelo de país, se cayó en una trampa de la supuesta continuidad de políticas de Estado con un Lino Barañao desconcertante. Quien ha sabido señalar lo delicado de esta cuestión, temprana y claramente, fue el ingeniero Eduardo Dvorkin. En interesantes artículos afirmó, y demostró que la continuidad de Barañao al frente del ex Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación no garantizó “cuidar” el sistema. A pesar de la presencia del ahora secretario, el contexto nacional para la ciencia y la tecnología había cambiado. Dice Dvorkin: “Las características dominantes de Cambiemos son: detención del desarrollo tecnológico autónomo, desindustrialización y desnacionalización cultural”. Otro modelo de país.

Garantizar que la ciencia, la tecnología y el desarrollo pueden materializarse en Políticas de Estado, sostenibles y sustentables, necesita de acuerdos ideológicos mínimos, es decir, el mismo modelo de país. Sin embargo, en la historia reciente es evidente que no se lograron a tiempo los necesarios consensos políticos que hicieran sustentable el proceso. Las elecciones de este año darán una nueva oportunidad para recuperar un modelo de país donde la mayoría de los argentinos encuentren un lugar de trabajo calificado y satisfacción, donde las diferencias partidarias se diluyen en un contenedor grande y generoso: un proyecto de industria nacional estrechamente vinculado a un proyecto de soberanía tecnológica. Será un tiempo de ciencia, tecnología, ideología y consensos.

jueves, 28 de julio de 2016

El golpe de la Revolución Libertadora, "La década de oro de la universidad argentina" y la Noche de los Bastones Largos.

por Bruno Pedro De Alto
(estracto del Libro "Autonomía Tecnológica. La audacia de la División Electrónica de Fate"

En septiembre de 1955, es derrocado el general Juan Domingo Perón, que había gobernado desde 1946 hasta ese año, electo en dos oportunidades en elecciones libres, obteniendo amplia mayoría en los votos. Sin embargo, un amplio abanico político social apoyado en un importante sector de las fuerzas armadas instaura un gobierno de facto, autodenominado Revolución Libertadora. Con una cantidad importante de medidas represivas y con la consagración de la proscripción de las mayorías populares se presenta a la sociedad “para restablecer el imperio de la moral, de la justicia, del derecho, de la libertad y de la democracia”[1].

Inmediatamente a la caída de perón asume el gobierno el general Eduardo Leonardi, acompañado por el almirante Issac Rojas. Los sectores de las fuerzas armadas que impulsaron el golpe estaban agrupadas en dos líneas que podían resumirse en una liberal, o autodenominada democrática, y otra nacionalista. Ambas con fuertes lazos con la iglesia católica y vínculos políticos con los partidos que los apoyaron. Una de las primeras medidas políticas de esta dictadura fue la configuración de un órgano de consulta llamado Junta Consultiva donde participaron la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, el Partido Demócrata Nacional, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Demócrata Cristiano y la Unión Federal. Sin embargo, la permanencia dentro del gobierno de sectores nacionalistas, que si bien se habían alejado de Perón pero sostenían los criterios básicos de su gobierno, crearon varias crisis internas que finalizaron con la separación de Leonardi y su remplazo por el general Pedro Eugenio Aramburu en noviembre de 1955.

Se profundiza el anti peronismo de este régimen, aunque se propone entregar rápidamente el gobierno a una fuerza elegida por el voto popular. La revolución libertadora deroga la Constitución de 1949, impulsa medidas económicas que liberalizan la misma y retiran al Estado de instancias planificación y control. Se ingresa al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial.

Para dar respuesta a las tensiones creadas durante el período peronista en la Universidad de Buenos Aires, Aramburu se reúne con las conducciones de la Federaciones Universitarias de la UBA y la FUA que durante el año 1954, a causa a una importante huelga estudiantil contra el gobierno nacional los fortaleció como interlocutores. Ellas, especialmente la FUBA, se habían hecho cargo de la universidad ante el vacío inmediato a la caída del gobierno peronista[2]. Se acuerda instaurar el postergado modelo de universidad reformista, ideario democrático de los sectores universitarios de afines al radicalismo, el comunismo y socialismo, pero también muchos sectores independientes de izquierda. En esta última se inscribían una gran cantidad de profesores que no habían podido desplegar libremente sus tareas, tanto antes y durante la universidad peronista, dado el marcado sesgo confesional de las autoridades.

El gobierno designa como interventores de la UBA, a José Luis Romero y José Babini, de marcada trayectoria socialista, como rector y vice. Por su parte en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, es nombrado como decano a Rolando V. García y posteriormente como Vice Decano a Manual Sadosky, inspirados en los principios de la Reforma Universitaria, pero con una mirada puesta en el logro de desarrollar ciencia aplicada.

En la Facultad de Ingeniería, en cambio, el movimiento estudiantil reformista nucleado en el Centro de Estudiantes “La línea Recta”, debe articular entre el grupo de profesionales, tecnólogos y científicos afines a la Reforma convocados por la nueva situación y los profesores más conservadores que se habían desempeñado hasta 1945. “(…) se logró un compromiso designando como Decano Interventor al Ing. Pedro Mendiondo, a la sazón Ministro de Obras Públicas del Gobierno Revolucionario del Gral. Lonardi y último decano antes de la intervención de la Universidad de 1946 dejado cesante mediante ese hecho. La designación fue una solución de compromiso frente al peso de los sectores conservadores de la profesión. El Ing. Mendiondo era un distinguido profesional, de corte conservador no confesional, de ideas liberales[3].

Era un clima antiperonista, pero se lo sortea pues se pone el acento en las críticas hacia la comunidad universitaria histórica: "Las poderosas camarillas de las facultades de Medicina, Ingeniería y Derecho habían gobernado a voluntad durante toda la historia de la Universidad, y eran responsables de su atraso y de su estancamiento. Las ciencias básicas eran solo el pasatiempo de una élite o el áspero camino de algún asceta con pasión por la ciencia.[4]". Luego, fundamentalmente con la creación de Instituto de Cálculo (IC) y los desarrollos del Departamento de Electrónica de la Facultad de Ingeniería logran un ámbito de desarrollo de ciencia aplicada que encontraba en la estructura productiva estatal – herencia en gran parte del peronismo – sus campos de aplicación y transferencia.

La matriz ideológica de esa conducción era fuerte y clara. Decía el decano de Exactas: "La transformación a la cual yo aspiro para mi país consiste, simplemente, en que deje de ser un país dependiente. Quizás para evitar cualquier parecido, aun en las palabras, sería mejor que llamara a este tipo de transformación por su verdadero nombre: se trata, lisa y llanamente, de la liberación nacional; de una liberación auténtica, que permita a la gran masa de nuestro pueblo tomar en sus propias manos su destino como pueblo. Esta liberación tiene un doble sentido, porque también es doble la raíz de nuestra dependencia. Se trata, en primer término, de una liberación de la dependencia externa. Es quizás la más fácil de definir puesto que existe para ella una palabra inequívoca que resume el concepto: el imperialismo. En segundo término, es una liberación de la dependencia interna, que se puede definir como el dominio que ejercen minorías privilegiadas sobre la gran masa de la población[5]".

La situación de las Facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Ingeniería eran similares, la segunda era un desprendimiento hecho en 1952 de la primera, y se organizaban como un conjunto de cátedras de manera estanca y asinérgica. Ambas no tenían prácticamente ningún peso dentro de la Universidad, pocos alumnos, pocos profesores, edificios destruidos, laboratorios vetustos y mal equipados, presupuesto escaso, etc.

En ambos casos lograron en diez años darse una identidad; tener jerarquía, capacidad de trabajo, rigor en los estudios y en las investigaciones que en ella se realizaran. Esto solo podía lograrse con una nueva generación de docentes e investigadores que tuvieran un alto nivel de formación y una clara conciencia de la responsabilidad social que les cabía a ellos, como científicos y a la Universidad, como institución nacional. Y como segundo punto lograron jerarquía en la investigación aplicada. Sus proyectos concretos iban a ser el Instituto de Cálculo en Ciencias Exactas y Naturales; el prototipo CEFIBA; y los Laboratorios de Semiconductores y de Aplicaciones Electrónicas en Ingeniería; y los proyectos interinstitucionales que no vieron la luz a causa del golpe de 1966: el Instituto de Tecnología y el Instituto de Industria.

Por esta razón, los intentos de desarrollo autónomo en la década de los '60, orientados a obtener una computadora nacional[6], y llevados por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, son hito en si mismo, y un par de eslabones formidables una década después, en el seno de la experiencia de la División Electrónica de Fate.

La Noche de los bastones largos: golpes, renuncias, migraciones, y vaciamiento.

El gobierno peronista había hecho regir las universidades nacionales por la Ley 14.297/54 del Régimen Universitario, que a su vez había remplazado parcialmente a la Ley 13.031/47 del Régimen de las Universidades Nacionales. En ambos casos, los rectores y decanos eran designados por el Poder Ejecutivo Nacional. Esa condición de dependencia política fue siempre resistida por los sectores universitarios reformistas e implicó la gran reivindicación impuesta a la Revolución Libertadora. Los militares en términos generales asumieron el gobierno nacional con escasas políticas definidas en varios frentes, y este era uno de los casos más significativos.

Apenas pasadas tres semanas del golpe, el general Eduardo Leonardi dicta el Decreto Ley 477/55 derogando a las leyes constitucionales peronistas y restableciendo la Ley 1.597 (Ley Avellaneda) dado que le permitía transitoriamente a las universidades un régimen autónomo y propio. De este modo, se le permite a los rectores interventores, consejos superiores y delegados interventores de facultad asumir sus funciones. El marco normativo definitivo de las universidades argentinas en concordancia a un funcionamiento reformista, surge del Decreto Ley 6.403/55 con la firma del dictador Pedro Eugenio Aramburu, y se mantendrá en vigencia junto a las modificaciones que le otorgara la Ley 14.557/58 durante la presidencia de Frondizi. Este marco normativo estará vigente hasta los sucesos de la Noche de los Bastones Largos y su desencadenamiento legal en la Ley 17.245, firmada por el dictador Juan Carlos Onganía.

En efecto, el Golpe de Estado encabezado por el general Onganía era otro intento de la derecha argentina en rectificar el camino del país hacia una realidad forzada: una argentina sin peronismo; sin libertades ideológicas, éticas y sociales; aliada al anticomunismo norteamericano; y profundamente clerical. Una realidad que se lograba con fórceps, por lo cual la Universidad le era disonante en términos ideológicos. Como otras tantas veces en la historia argentina, se destruye algo por sus méritos y no por sus errores. El debate que se venía dando en el seno de la universidad y en parte en la sociedad sobre un camino reformista pero seguro, a uno más revolucionario y eficaz para lograr la independencia nacional, quedó sepultado por la bota arrasadora. La universidad no estaba a punto de lograr a breve plazo ninguna revolución, en realidad intentaba desarrollar algunos aspectos ligados al desarrollo científico tecnológico que por diversas causas se realizaba aún de manera aislada a la industria, y estaba organizada más cerca del cientificismo que de una articulación extendida y concreta con la sociedad. Sin embargo los sectores castigados fueron acusados de izquierdistas y “bolches”, pero cumpliéndose una paradoja repetida: muchos de esos acusados y reprimidos no se exiliaban en la URSS, sino en Estados Unidos que los recibía con beneplácito.

A pocos días de asumir el poder, Onganía interviene las universidades a través de un bando que volvía a colocarla bajo la jurisdicción del Ministerio de Educación. Técnicamente disolvió los Consejos Superiores y Directivos y permitía que los rectores y decanos pudieran seguir en funciones en esas condiciones del nuevo orden. Se instruyeron 48 horas de plazo para expedirse en ese sentido. Obviamente, la orden dejaba sin salida a las autoridades que habían asumido por el imperio conceptual de la Reforma Universitaria del 18. En el caso particular de la UBA, los Decanos y el Rector emitieron una declaración en la cual se negaban a aceptar la supresión de la autonomía universitaria.

En esas circunstancias entre la tarde y noche del 29 de julio de 1966 se constituyen en actitud de espera y resistencia y en la mayoría de los casos, los directivos, consejeros, algunos docentes y muchos estudiantes se agrupan en las respectivas sedes de las facultades. Esta situación se da en las facultades de Arquitectura, Ciencias Exactas, Filosofía y Letras, Ingeniería y Medicina, y también en la sede del Rectorado. Lo que corría como un rumor, se hizo realidad, la policía desalojaría de la universidad a los universitarios con “eficiencia” sin un despliegue importante de tropas, en una acción brutal, breve y precisa. Así lo recuerda Rolando García:

“Los lugares que fueron atacados estaban, obviamente, predeterminados. El número de que actuaron (para utilizar su propia jerga) fue reducido. Los fueron trasladados a las comisarías en camiones que esperaban en el momento y en el número requerido. Todas estas particularidades muestran que el ataque policial contó con una minuciosa preparación, o por lo menos una abundante información previa como para poder actuar con tanta precisión. Suponer que la policía contó con el apoyo y la orientación desde el interior de la universidad no es producto de una especulación arbitraria, sino consecuencia del análisis de los hechos concretos. La hipótesis cobra fuerza, además, cuando se la analiza desde la perspectiva de las luchas que se desarrollaron en la universidad en períodos previos y de las cuales las sesiones del Consejo Superior constituyeron un escenario representativo. Allí surgían las clásicas diferencias entre reformistas y humanistas o entre confesionales y laicos[7]”.

La situación de desalojo con acciones de violencia se observó en las facultades y rectorado ya citadas, pero tomó especial dureza, y por lo tanto con especial difusión por su gravedad, el la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Si bien ha sido extendidamente reproducido, el testimonio del profesor norteamericano Warren A. Ambrose, escrito al día siguiente de los sucesos, dirigida a periódico The New York Times, sigue esclareciendo la singularidad de los hechos y poniendo sobre la escena política solo un anticipo del futuro. Este es el texto completo de aquella carta:

Buenos Aires, Argentina, 30 de julio de 1966

“Carta al Editor
The New York Times
New York, N.Y.
Estimados señores:

Quisiera describirles un brutal incidente ocurrido anoche en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires y pedir que los lectores interesados envíen telegramas de protesta al presidente Onganía.

Ayer el Gobierno emitió una ley suprimiendo la autonomía de la Universidad de Buenos Aires y colocándola (por primera vez) bajo la jurisdicción del Ministerio de Educación. El Gobierno disolvió los Consejos Superiores y Directivos de las universidades y decidió que de ahora en adelante la Universidad estaría controlada por los Decanos y el Rector, que funcionarían a las órdenes del Ministerio de Educación. A los Decanos y al Rector se les dio 48 horas de plazo para aceptar esto. Pero los Decanos y el Rector emitieron una declaración en la cual se negaban a aceptar la supresión de la autonomía universitaria.

Anoche a las 22, el Decano de la Facultad de Ciencias, Dr. Rolando García (un meteorólogo de fama que ha sido profesor de la Universidad de California en Los Ángeles), convocó a una reunión del Consejo Directivo, de la Facultad de Ciencias (compuesto de profesores, graduados y estudiantes, con mayoría de profesores) e invitó a algunos otros profesores (entre los que me incluyo), a asistir al mismo. El objetivo de la reunión era asistir al mismo. El objetivo de la reunión era informar a los presentes sobre la decisión tomada por el Rector y los Decanos, y proponer una ratificación de la misma. Dicha ratificación fue aprobada por 14 votos a favor, con una abstención (proveniente de un representante estudiantil).

Luego de la votación, hubo un rumor de que la policía se dirigía hacia la Facultad de Ciencias con el propósito de entrar, que en breve plazo resultó cierto. La policía llegó y sin ninguna formalidad exigió la evacuación total del edificio, anunciando que entraría por la fuerza al cabo de 20 minutos (las puertas de la Facultad habían sido cerradas como símbolo de resistencia –aparte de esta medida no hubo resistencia). En el interior del edificio la gente (entre quienes me encontraba) permaneció inmóvil, a la expectativa. Había alrededor de 300, de los cuales 20 eran profesores y el resto estudiantes y docentes auxiliares. (Es común allí que esa hora de la noche haya mucha gente en la Facultad porque hay clases nocturnas, pero creo que la mayoría se quedó para expresar su solidaridad con la Universidad).

Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas, que resultaron ser gases lacrimógenos. Al poco tiempo estábamos todos llorando bajo los efectos de los gases. Luego llegaron soldados que nos ordenaron, a los gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde nos hizo permanecer de pie, con los brazos en alto, contra una pared. El procedimiento para que hiciéramos eso fue gritarnos y pegarnos con palos. Los golpes se distribuían al azar y yo vi golpear intencionalmente a una mujer –todo esto sin ninguna provocación. Estoy completamente seguro de que ninguno de nosotros estaba armado, nadie ofreció resistencia y todo el mundo (entre quienes me incluyo) estaba asustado y no tenía la menor intención de resistir. Estábamos todos de pie contra la pared –rodeados por soldados con pistolas, todos gritando brutalmente (evidentemente estimulados por lo que estaban haciendo –se diría que estaban emocionalmente preparados para ejercer violencia sobre nosotros). Luego, a los alaridos, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles y que nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno de otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros. Debo agregar que los soldados pegaron tan brutalmente como les era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo,  y en donde pudieron alcanzarme. Esta humillación fue sufrida por todos nosotros –mujeres, profesores distinguidos, el Decano y Vicedecano de la Facultad, auxiliares docentes y estudiantes. Hoy tengo el cuerpo dolorido por los golpes recibidos pero otros, menos afortunados que yo, han sido seriamente lastimados. El profesor Carlos Varsavsky, director del nuevo Radioobservatorio de La Plata, recibió serias heridas en la cabeza, un ex secretario de la Facultad (Simón) de 70 años de edad fue gravemente lastimado, como asimismo Félix González Bonorino, el geólogo más eminente del país.

Después de esto, fuimos llevados a la comisaría seccional en camiones, donde nos retuvieron un cierto tiempo, después del cual los profesores fuimos dejados en libertad sin ninguna explicación. Según mi conocimiento, los estudiantes siguen presos. A mí me pusieron en libertad alrededor de las 3 de la mañana, de modo que estuve con la policía alrededor de cuatro horas.

No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio para mí incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del Gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones entre las cuales se cuenta el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.
Atentamente,

Warren Ambrose
Profesor de Matemáticas en Massachussets Institute of Technology y en la Universidad Nacional de Buenos Aires”.

El golpe militar en si, la intervención institucional, la irrupción de la policía en las facultades, la represión, y el sesgo conservador y antinacional del nuevo orden impulsaron la renuncia de los rectores y decanos. Luego, entre la solidaridad y a modo de resistencia, se calcula que 1380 docentes e investigadores renunciaron. Algunos especularon que ese movimiento iba a generar condiciones tan críticas que el régimen autoritario revertiría sus pasos, pero nada ocurrió así y todos los logros alcanzados sufrieron abandono, cambio de rumbo, o fueron usurpados. En el caso de la Facultad de Ingeniería y en la de Ciencias Exactas, esos repliegues golpearon duramente lo avanzado en computación.

La ideología del golpe. Lo que le pasó a Clementina. Los científicos militantes.

A raíz de la intervención militar, en la Facultad de Ingeniería varias decenas de ingenieros con una alta calificación en electrónica se dispersó, yendo al extranjero o siendo absorbidos por la actividad privada; y por su lado Humberto Ciancaglini ingresó a la Organización Internacional de Energía Atómica. Mientras que los laboratorios que tan trabajosamente se fue comprando o desarrollando quedaron en el Departamento, pero debido al recambio de personal se perdieron sus objetivos orientados a la industria nacional y el desarrollo industrial, pasando esos equipos a formar un laboratorio académico bien equipado y mal usado que rápidamente se desactualizó.

En Exactas ocurrió otro tanto, hay testimonios[8] que relatan que la Facultad tardó en rearmarse, dada la confusión sobre renunciantes y quiénes continuaban ejerciendo la docencia, las actividades académicas ocurrían en bares y oficinas prestadas y también lo ocurrido a posteriori del golpe en el Instituto de Cálculo se registran líneas penosas para la historia local de la computación.

El IC sufrió la renuncia de todos los científicos de mayor nivel, donde sólo conservaron sus cargos los que aún eran alumnos de la carrera que ejercían como ayudantes de investigación. En esas condiciones las actividades de programación se constituyeron en el fuerte del IC, donde se daba soporte de programación a los programas de investigación de la Facultad.

En un principio las autoridades de la intervención en Exactas se apresuraron a dar una imagen de “normalización” hacia fines de 1966, pero la misma es presentada como completa hacia 1969, pero de sus informes se deriva que el nivel de actividad es inferior en cantidad y calidad a la que se venía produciendo hasta la “Noche de los Bastones Largos”[9]. Y el proceso del remplazo de la calculadora Ferranti, es indicativo del cambio imperante. Recordemos que en 1957 se forma la Comisión que debía preparar el pliego para la licitación, se la compra en 1060 y se la instala y empieza a usar en 1961. Esos tres años de demora entre la decisión y su puesta en marcha implicó un retraso tecnológico. Se había debatido bastante en el momento de la incorporación de la computadora Ferranti, que usaba tecnología de válvulas de vacío, pero Sadosky sale en defensa de lo decidido, diciendo:

“(…) la Comisión decidió aconsejar la compra del equipo Mercuri ofrecido por Ferranti de Manchester. Para la época se trataba de una máquina de excelente categoría técnica no sólo por su rapidez y tipos de memoria, sino también porque el grupo de investigadores de la Universidad de Manchester había desarrollado un lenguaje "Autocode" de fácil aprendizaje y de buenas características para el tratamiento de problemas científicos[10]”.

Y en la práctica la estrategia fue usarla intensamente en sus máximas posibilidades, llegando a funcionar 24 horas por día. A finales de 1965 e inicios de 1966, el balance que se hacía en el IC era que la computadora empezaba a tener limitaciones por desactualización, especialmente para “estar en la avanzada de la investigación y de la formación de personal del más alto nivel[11], no obstante aún cumplía bien la realización de los trabajos de computación que se le solicitaban además de proveer servicios de programación a otras instituciones y áreas.

Priorizando el aspecto científico – tecnológico, que empezaba a estar en déficit, las autoridades de la FCEyN iniciaron acciones para lograr el remplazo de Clementina e interesaron al gobierno nacional para lograr el financiamiento estimado en el orden del millón y medio (dólares – 1966). El proceso de análisis y selección del equipo para el remplazo realizado por Sadosky y con la participación de todo el IC implicó determinar prospectivamente a diez años las necesidades previsibles de uso y las configuraciones electrónicas que de ella se derivaban. Con esos requisitos se realizó un seminario de discusión en el cual participaron las compañías comercializadoras que en aquel entonces estaban interesadas en participar de la futura licitación. Por lo tanto, IBM, Bull-General Electric, Burroughs, y NCR, a través de sus representantes técnicos informaron sobre sus posibilidades de oferta y discutieron con el personal del Instituto sobre las características de las novedades técnicas que se ofrecían[12]. Como resultado de este proceso, y en virtud de su magnitud, se diseñó que la nueva computadora estaría conectada a través de terminales remotas al resto de la UBA, y con diversas reparticiones oficiales. Quién se había posicionado tecnológicamente para este proyecto era la firma Bull, que además había interesado al gobierno francés que había presentado la “ingeniería financiera” elaborada por la embajada de ese país en Buenos Aires. La propuesta económica de la firma ingresó a la UBA 28 de julio de 1966. Un día antes de la “Noche de los Bastones Largos”

No existen pruebas contundentes de haber encaramado un plan sistemático, pero la suma de hechos que se desencadenarían por el vacío científico e institucional producidos el la FCEyN, demuestran que la empresa IBM supo sacar provecho de ello. Especialmente en el perfil – que estaba en debate y revisión – de los computadores científicos. Esta carrera era uno de los logros de Sadosky al frente del IC, impulsando una formación inicialmente de carácter auxiliar a otras disciplinas. Sin embargo se había llegado a la conclusión, y en ello había sido fundamental la opinión de los primeros graduados en virtud de sus experiencias  profesionales en el marcado, que la carrera debía reforzar sus contenidos, alejándola de una formación solo operativa y llevarla a un plano profesional, convirtiéndola en una licenciatura. Por lo tanto se le debía dar cierta “universalidad”, sin priorizar ninguna firma de computación que estaban introduciendo las primeras computadoras en las empresas argentinas. Cabe señalar que en aquellos años, la empresa proveedora de hardware era también la que proveía el software y se daba la situación inversa: el software era solo compatible con el hardware para el que había sido diseñado[13].

A partir de agosto de 1966 y ante el vacío de docentes para las materias de la carrera fue cubierto por una cantidad importante de ingenieros de sistemas de IBM, y con la presencia de todos ellos se multiplicaron las materias optativas destinadas a enseñar lenguajes y otras técnicas orientados a los equipos de la empresa. Este hecho es señalado por ya Gregorio Klimovsky en 1970:


“...algunas empresas no han hecho absolutamente nada para tratar de apropiarse de la carrera de matemática pura en la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires, pero si en cambio se posesionaron de la carrera de computador científico, cambiándola de una carrera primitivamente destinada a formar matemáticos aplicados de muy alto nivel, no sólo en computación sino en todos los campos del cálculo numérico, en otra que sólo intenta formar un tipo de individuo que pueda conocer al dedillo algunas técnicas de programación y algunos catálogos de máquinas, ya que esto es lo único que les interesa a estas compañías. Indudablemente, ellas no van a fomentar la enseñanza de cierto tipo de cosas que reservan para su central metropolitana extranjera y no para la colonia que consideran que somos...[14]

Llegado el año 1970, el panorama del IC era la carrera de computador científico sin cambios; la misma con una marcada influencia de docentes vinculados profesionalmente con IBM; escasa investigación científico – tecnológica y la computadora Clementina sin remplazar y a punto de dejar de funcionar. A partir de allí se percibirán y luego profundizarán situaciones de cambios ligados a una recuperación política de los espacios democráticos y debilitamiento de la dictadura.


Los científicos militantes.
La renuncia de más de 1300 docentes de la UBA con marcada calificación científica significó una verdadera diáspora de cerebros. No se pretende aquí ser exhaustivos, precisos y exactos sobre sus destinos, pero en la mayoría de los casos la ciencia y tecnología argentina los perdió. Aunque es significativo detectar que muchos de ellos, especialmente los que trabajaron en los ámbitos de la FCEyN y del Departamento de Electrónica de la FI se mantuvieron comunicados y vinculados, independientemente de donde pudieron reinsertarse laboralmente. El caso de Manuel Sadosky, quien pudo encontrar “un lugar” acorde a su capacidad y despliegue en la Universidad de la República, de Uruguay y a pesar que ello le exigía constantes viajes, es destacable por lo que trabajó para mantener en contacto y actividad a los equipos formados entre 1955 y 1966.

Hay dos experiencias que lo ponen de manifiesto: su participación en la creación de la Revista Ciencia Nueva, y en la creación de la consultora científica “Asesores Científico Técnicos S.A.”

En 1966, y alojados en una oficina céntrica a metros de la Plaza de Mayo, Sadosky y su inseparable colega Rebeca Gúber fundan la primera consultora de ingeniería de sistemas y programación de computadoras. La llaman Asesores Científico Técnicos S.A. y la constituyen con un nutrido grupo de sus ex colaboradores del IC.

La consultora oferta sus servicios de aplicaciones computacionales en ingeniería civil, organizaciones, economía y finanzas, ingeniería de sistemas, modelos matemáticos, programación de aplicaciones científicas, sistemas de información, centro de cómputos, y estadística aplicada. Durante su existencia logran desarrollar modelos matemáticos destacándose uno tránsito urbano para la Ciudad de Buenos Aires y otro hidrológico para el río de la Plata, en este caso en sociedad con una firma de ingeniería francesa. Aquí también se vuelve a observar que los comitentes son organismos del Estado. Sin embargo, Sadosky buscó la inclusión de sus equipos en el ámbito privado, y para recurrió a su amigo Manuel Madanes, incorporando al ex grupo de Investigación Operativa del IC, en bloque a sus cuatro miembros, Aníbal Petersen, Marcelo Larramendy, Néstor Sameghini y Juan Carlos Frenkel, para realizar un estudio de factibilidad.

La otra iniciativa tuvo ribetes más políticos e ideológicos, la creación de la Revista Ciencia Nueva, cuya organización inicial fue llevada adelante por el mismo Sadosky. Como se dijo antes, a partir de 1970 se percibirán y profundizarán situaciones de cambios ligados a una recuperación política de los espacios democráticos y debilitamiento de la dictadura. La expresión e intensión de la llamada Revolución argentina que esa “revolución” tenía objetivos y plazos aproximados de veinte años para alcanzar esas metas dejó de ser creíble, en especial luego del “Cordobazo”. La iniciativa vino desde el ámbito editorial, que se movía en función de una apertura conceptual y en respuesta a la cerrazón que nacía desde el gobierno de Onganía, ofreciéndose catálogos inéditos y la aparición de nuevas editoriales alentadas por lo que se denominó el boom latinoamericano. En definitiva y a pesar de todo, la industria editorial argentina tenía prestigio en América Latina y en España, lo que permitía exportar y generar ingresos. De esa movida surge un joven editor, que se acercó a Manuel Sadosky para ofrecerle la dirección de una revista científica. “Escuchándolo exponer su proyecto sólo quedaba en claro que no sabía qué quería: algunos días describía una especie de Billiken de las ciencias y las técnicas, otros una colección de finos y caros tomos, cada uno dedicado a un tema de esas disciplinas[15]”, contaría después, quien en definitiva sería el director de la revista, Ricardo Ferraro. Frente a la propuesta, Manuel Sadosky reincide en apoyarse en un equipo y reunió a algunos de sus ex-alumnos que había regresando recientemente al país después de sus estadías de perfeccionamiento en el extranjero. Era una medida acertada, porque éstos habían sido frecuentados y visitados allí por él mismo, en sus respectivas oficinas o laboratorios donde realizaban sus actividades, reforzando fuertes lazos personales, y porque en aquellas latitudes era frecuente ver revistas como la que se estaba gestando. Aquellos jóvenes científicos entendían la importancia de un proyecto editorial de ésta naturaleza y a ellos les propuso que lo ayudaran a llevarlo adelante.

Cuenta Ferraro que de esa manera:

“(…) inesperadamente había aparecido una oportunidad para editar una revista de ciencia y tecnología —y de sus políticas— algo que todavía no existía en nuestro país y que cada uno de nosotros había disfrutado en el exterior; entre nosotros nos pondríamos de acuerdo con mayor rapidez y precisión que con el incipiente editor y, además, seguramente ese producto provocaría el interés de muchas empresas que colaborarían en su financiamiento.

Efectivamente, muy rápido el proyecto estuvo en marcha aunque le sugerimos a don Manuel que el mismo no se vinculase a su nombre ya que un eventual fracaso podría perjudicar su prestigio, pero que orientara, criticara y respaldara nuestro trabajo. ¡Y vaya que lo hizo!

En abril de 1970 apareció el primer número de CIENCIA NUEVA: 64 páginas de 20 x 27, con tapa y contratapa a color y, a partir de él, otros 28 números en los que cada índice era una nómina de varios dream-teams de la ciencia mundial[16]”.

Entre abril 1970 y diciembre 1973 aparecieron 29 números de Ciencia Nueva, vendiendo una cifra a veces superior de los 6.000 ejemplares, con la una fe utópica de publicar en su cometido, dado que su vida transcurrió entre la denominada Noche de los Bastones Largos y hasta seis meses antes del inicio de las acciones de la Triple A. Ciencia Nueva solo convivió con 6 meses de democracia. Ferraro lo resalta así:

“Por supuesto que aquellos no eran años en los que la reflexión, la investigación, la divulgación de ideas valiosas y, mucho menos el debate, pudieran llevarse a cabo con facilidad. Pero los hubo. Revisar los índices de CN o releer algo de lo allí publicado, permite completar la imagen de lo que realmente sucedió”.

La lista de notables convocados en las páginas de Ciencia Nueva para que debatiesen qué y cómo hacer ciencias y tecnologías para beneficio de los ciudadanos de sus países y del mundo es sorprendente: Jorge Sábato, Manuel Sadosky, José Babini, Rolando García, Mario Bunge, Gregorio Klimovsky, Oscar Varsavsky, Daniel Goldstein, Jacques Mehler, José Westerkamp, Jorge Schvarzer, Risieri Frondizi, Fernando Storni, Oscar Mattiussi y Alberto Aráoz, junto con los latinoamericanos Félix Cernuschi, Alfredo Jadresic Vargas, Víctor Urquidi, Oscar Maggiolo, Juan Antonio Grompone y Juan Alva Correa; y extranjeros como Jonathan Beckwith y Abraham Beare (virólogos del Harvard Hospital), Alexandre Grothendieck (matemático judío radicado en Francia), Adriano Buzzati-Traverso (Director Científico de UNESCO) y Charles-Nöel Martin (físico nuclear y colaborador de Irène Joliot-Curie).

Algunos de quienes habían pasado por Ciencia Nueva son secuestrados – desaparecidos por el Proceso de Reorganización Nacional: Norberto Rey, Ignacio Ikonicoff, Horacio Speratti, y Héctor Abrales que también trabajara en FATE División Electrónica.

En los términos que transita este libro, en la Revista Ciencia Nueva se encuentran aportes de tres referentes del Pensamiento Latinoamericano en Ciencia y Tecnología (ver Capítulo VIII): Oscar Varsavsky. Jorge Sábato y Amílcar Herrera, desde debates y artículos de opinión. Por ejemplo, Oscar Varsavsky polemiza sobre la cuestión de la “Ciencia e ideología” con Gregorio Klimovsky; y también introduce los conceptos “Ciencia y estilos de desarrollo”, que luego ampliará y publicará en su libro “Estilos tecnológicos” de 1974. Jorge Sábato, en el N° 1 de la Revista ofrece en un reportaje llamado “Para el prontuario del Plan Nuclear Argentino” en un caso concreto de su trabajo en la CNEA, su mirada la capacidad nacional de tomar decisiones propias en materia de ciencia y tecnología. Y también escribe Amílcar O. Herrera, los lineamientos que siempre sustentó para un modelo de Ciencia y Tecnología Latinoamericano, donde no haga seguidismo de los países centrales. En un artículo llamado “Un proyecto latinoamericano de modelo mundial”, Herrera se explaya sobre los factores que impiden a gran parte de la humanidad el acceso a los bienes de nuestra civilización son de “índole sociopolítico”, al mismo tiempo que denosta los criterios de origen malthusianos de un "destino humano" inexorable, donde el hambre, el atraso y la miseria, dependen de factores extrahumanos inmodificables.

Y también están la computadora y la electrónica en Ciencia Nueva. El inevitable Manuel Sadosky inaugura la revista con un recuerdo de Turing considerado uno de los padres de la computación, en el artículo “Cómo construir una computadora con lápiz y papel”; y le siguen una treintena de artículos sobre el tema, donde se destaca el anticipatorio trabajo de Roberto Zubieta: “¿Pueden construirse computadoras en la Argentina?” escrito en 1970 cuando la Cifra 1000 de FATE División electrónica aún no había sido planeada.






[1] Declaración de principios del Gobierno Provisional, diciembre de 1955.
[2] “También demostró en las casi 2 semanas de gestión de la Presidente de FUBA como Interventora en la UBA y de los Presidentes de Centros como los correspondientes delegados interventores en cada Facultad, que fueron capaces de mantener el normal funcionamiento académico y administrativo”.
[3] Jorge L. Albertoni y Roberto H. Zubieta. “La FIUBA en el período 1955 a 1966”. En “La construcción de lo posible. La Universidad de Buenos Aires de 1955 a 1966” Compilado por Catalina Rotunno y Eduardo Díaz de Guijarro. Libros del Zorzal. 2003.
[4] Entrevista a Rolando V. García. Ex decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires desde 1957 hasta la intervención, en 1966. Universidad y frustración. Entrevista a Rolando V. García. Ciencia Nueva. Revista de Ciencia y Tecnología. N° 13. 1971
[5] Idem.
[6] ¿Que implicó una computadora en esos años? Ya había pasado la década de los ´40 donde EE.UU. desarrolló la ENIAC, un gigantesco aparato eléctrico que calculaba a grandes velocidades, pero no podía guardar información; y su sucesora la EDVAC que si guardaba datos y el programa de ejecución. A fines de la década de los '50 los transistores reemplazaron a las válvulas, y se estaba a un paso de lograr los primeros circuitos integrados. Las computadoras eran ya artefactos eléctricos con interfases electrónicas. Su arquitectura obligaba sumar a la computadora propiamente dicha, el equipo complementario que incluía perforadoras de tarjetas, verificadoras, clasificadoras, lectoras, etc. dado que las tarjetas eran todavía el principal medio para la entrada y salida de información. En aquel entonces el universo del desarrollo de las computadoras era solo EE.UU. e Inglaterra (ya con productos en el mercado); y Francia, Alemania, Suecia, Suiza y la Unión Soviética con intentos experimentales.
[7] Rolando García. “Cómplices de los bastonazos” En Página 12, 6 de agosto de 2006.
[8] Jorge Luís Boria. “Los Años Oscuros del Instituto de Cálculo de la FCEyN de la UBA: Investigando Computación Sin Computadora” Presentado en el Congreso de Ciencias, Tecnologías y Culturas. Historia de la Informática en América latina y el Caribe. USACH. Santiago de Chile. 2008
[9] Raul Carnota (UNTREF- Proyecto SAMCA) - Mirta O. Perez (Proyecto SAMCA). “Continuidad formal y ruptura real: la segunda vida de Clementina en el Instituto de Cálculo”.
[10] Entrevista a Manuel Sadosky. “Cinco años del Instituto de Cálculo de la Universidad de Buenos Aires 1961- 66”.
[11] Raul Carnota (UNTREF- Proyecto SAMCA) - Mirta O. Perez (Proyecto SAMCA). Idem
[12] Entrevista a Manuel Sadosky. Idem.
[13] Raúl Carnota (UNTREF  Proyecto SaMCA), Pablo Factorovich (Depto. Computación –FCEyN –UBA) y Mirta Pérez (Proyecto SaMCA). “IBM Go Home!. Conflictos políticos y académicos y perfiles profesionales en los primeros años de la carrera de Computación Científica de la FCEyNUBA (1963 - 1971)”. Proyecto: Salvando la Memoria de la Computación Argentina (SaMCA). Universidad Nacional de Río Cuarto y otros.
[14] Reportaje a Gregorio Klimovsky, “Ciencia e Ideología”, Mayo 1971, Revista Ciencia Nueva N° 10.
[15] Ricardo Ferraro en el prólogo de “Ciencia Nueva. Debates de hoy en una revista de los ‘70”. Buenos Aires, 2010.
[16] Ricardo Ferraro. Idem.